Футбол
El fútbol es un terreno particularmente promiscuo. La afición sabe, especialmente en las ciudades medianas o pequeñas, sin grandes presupuestos, que los buenos jugadores no les pertenecen, aun cuando los hayan convertido en parte de su familia. Tarde o temprano vendrá un club de una capital más grande y se los llevará. Es ley de vida, como cuando los hijos se van de casa. De la cantera al primer equipo; del equipo de la segunda mitad de la tabla al de la primera y de ahí a algún país árabe dispuesto a pagar la jubilación en petrodólares a cambio del talento que no han podido cultivar ellos mismos sobre la arena. Esa es la secuencia habitual de las estrellas y lo que convierte el periplo de Santiago Cazorla en una historia tan emocionante, por lo excepcional. En un juego acostumbrado a las estadísticas y a la probabilidad, cualquier elemento que se salga del patrón es un regalo, como lo son todas las sorpresas. El as de Lugo de Llanera no quería marcharse cuando, con 18 años, se subió al coche con Loli y José Manuel rumbo a Villareal tras constatar que el equipo de sus amores y de su cantera, el Real Oviedo, recién descendido a Tercera División, no podía pagarle. Pero volvió. Lo hizo a la edad a la que muchos ya se han retirado (38 años) y con un palmarés al alcance de muy pocos, es decir, cuando no tenía nada que demostrar. Y lo hizo por lealtad, esa virtud que la Real Academia Española empareja con las palabras "nobleza", "devoción" y "honradez". Por si quedaba alguna duda, el ganador de dos Eurocopas lo expresó con todas las letras: "Lo más bonito, la mayor alegría que yo me he llevado en el fútbol, fue el ascenso con el Oviedo". Aquel día, 21 de junio de 2025, el Carlos Tartiere estaba repleto de niños con el 8 a la espalda. No conocían a su equipo en Primera; aquella era apenas la segunda temporada que veían a Cazorla en su campo, pero sus padres sabían que aquel dorsal era un ejemplo, un buen espejo en el que mirarse. Puestos a imitar a un ídolo en esa feria de vanidades y promiscuidad que es el mercado del fútbol, que fuera un hombre como aquel: el más humilde y el más leal. Esa mezcla improbable de talento y sencillez; de desinterés por el dinero -no quiso jubilarse en petrodólares- y apego a las raíces era una lección de vida para la prole. Un curso de alta formación sin precio de Máster, por lo que vale una camiseta. Mientras en otros grandes estadios se entonan cánticos racistas o se guarda, a menudo, un silencio sepulcral, de examen implacable, antes de dirigir una larga pitada hacia el propio equipo, las gradas del Tartiere se concentran en animar – no hubo un minuto que el campo dejara de rugir aquel 21 de junio de 2025 que empezó a la contra frente al Mirandés-. Pase lo que pase. Carbayones si perdemos, carbayones si ganamos. Por eso, de todas las estampas que dejó aquella noche mágica hay una que resume a la perfección el oviedismo: Santiago Cazorla subido al cuello de Diego Cervero. El bicampeón de Europa que regresó a casa para devolver a su equipo a Primera y el exjugador -hoy médico del club- que 21 años antes había salido a hombros y a lágrima viva del Tartiere después de quedarse a solo un gol del ascenso a lo que entonces era Segunda B en un playoff contra el Arteixo (localidad coruñesa de 35.000 habitantes) ante 25.000 espectadores. Soy oviedista desde que tengo uso de razón y mi padre decidió aprovechar esa circunstancia para hacerme inmediatamente del Oviedo. Es decir, no del club de la ciudad en la que vivíamos, que entonces era el Súper Dépor, ni de uno de esos escudos capaces de poner cifras mareantes sobre la mesa para llevarse a los mejores y conseguir todos los títulos, sino del equipo de su tierra. Otros niños se acostumbraron a ganar. Nosotros, a compartir: risas, lágrimas e identidad. El día que aprendimos a querer en la salud y en la enfermedad, a disfrutar y a sufrir con aquella camiseta azul, aprendimos, en realidad, a vivir. También supimos lo que vale y lo que cuesta esa virtud tan exótica: la lealtad. Siempre es difícil despedirse de un ídolo, sobre todo cuando, por todo lo expuesto, ese jugador trasciende al fútbol y lo admiramos, también, por cuestiones ajenas a lo que sucede en el campo. Pero es innegable que en la retirada de Cazorla hay elementos de amargura innecesaria, de deslealtad. Oírle decir: "Me veía todavía para jugar", después de haber escuchado tantas veces a la directiva del Oviedo asegurar que la decisión -de seguir o no- era "suya" es una puñalada. Él lo explicó con la forma que escogió para relacionarse con el mundo, una sonrisa a prueba de bombas, y esa elegancia de los currantes que saben ser agradecidos y que seguramente le inculcaron en su casa Loli, limpiadora en un colegio, y José Manuel, conductor de ambulancias. A mí, hoy, me cuesta mucho ser tan elegante como lo fue El Mago en esa charla a pie de campo en la que confesó, en medio de halagos al nuevo míster – "Va de frente"; "fue sincero conmigo y se lo agradezco..."- que le habían comunicado que no contaban con él. Es cierto que yo me dedico a otra cosa. A mí no me pagan por mis conocimientos sobre fútbol, y no dudo de que Julián Calero y la directiva del Oviedo saben más que yo. Pero he visto muchos partidos con aquel hombre que aprovechó mi uso de razón para establecer un vínculo inquebrantable y a mis 44 años ya acumulo cierta jurisprudencia como para poder decir que cuando Cazorla está en el campo, impone a los rivales y da seguridad a los nuestros; que sabe poner orden, con lo importante que es el orden en ese abismo de césped ocupado apenas por 22 hombres; y que no hay, a la vista, nadie mejor al balón parado -escojan ustedes la pierna que quieran-, es decir, en las faltas, córneres y penaltis, que es de donde a menudo salen los tres puntos de un partido. De modo que no es solo romanticismo. Había, en mi humilde opinión, motivos de sobra para haberle pedido al futbolista infinito un año más, una última temporada para convertir el descenso en un accidente, un paréntesis. Lo sabe la afición del público rival que se levantó a aplaudirle en cada estadio la pasada temporada. Lo sabe el actual alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que, en 2012, junto a 36.961 personas de 86 países, respondió a un llamamiento en redes del periodista británico Sid Lowe que invocaba precisamente ese nombre para salvar al equipo de la desaparición: "El club que dio a la Premier League a Cazorla, Michu y Mata está bajo la amenaza de salir del negocio. Por favor, compre acciones. @sosrealoviedo" . Y lo sabemos, desde luego, los oviedistas. Lo inexplicable es que los únicos que no lo sepan sean los encargados de tomar las decisiones.

El fútbol es un terreno particularmente promiscuo. La afición sabe, especialmente en las ciudades medianas o pequeñas, sin grandes presupuestos, que los buenos jugadores no les pertenecen, aun cuando los hayan convertido en parte de su familia. Tarde o temprano vendrá un club de una capital más grande y se los llevará. Es ley de vida, como cuando los hijos se van de casa. De la cantera al primer equipo; del equipo de la segunda mitad de la tabla al de la primera y de ahí a algún país árabe dispuesto a pagar la jubilación en petrodólares a cambio del talento que no han podido cultivar ellos mismos sobre la arena. Esa es la secuencia habitual de las estrellas y lo que convierte el periplo de Santiago Cazorla en una historia tan emocionante, por lo excepcional. En un juego acostumbrado a las estadísticas y a la probabilidad, cualquier elemento que se salga del patrón es un regalo, como lo son todas las sorpresas. El as de Lugo de Llanera no quería marcharse cuando, con 18 años, se subió al coche con Loli y José Manuel rumbo a Villareal tras constatar que el equipo de sus amores y de su cantera, el Real Oviedo, recién descendido a Tercera División, no podía pagarle. Pero volvió. Lo hizo a la edad a la que muchos ya se han retirado (38 años) y con un palmarés al alcance de muy pocos, es decir, cuando no tenía nada que demostrar. Y lo hizo por lealtad, esa virtud que la Real Academia Española empareja con las palabras "nobleza", "devoción" y "honradez". Por si quedaba alguna duda, el ganador de dos Eurocopas lo expresó con todas las letras: "Lo más bonito, la mayor alegría que yo me he llevado en el fútbol, fue el ascenso con el Oviedo". Aquel día, 21 de junio de 2025, el Carlos Tartiere estaba repleto de niños con el 8 a la espalda. No conocían a su equipo en Primera; aquella era apenas la segunda temporada que veían a Cazorla en su campo, pero sus padres sabían que aquel dorsal era un ejemplo, un buen espejo en el que mirarse. Puestos a imitar a un ídolo en esa feria de vanidades y promiscuidad que es el mercado del fútbol, que fuera un hombre como aquel: el más humilde y el más leal. Esa mezcla improbable de talento y sencillez; de desinterés por el dinero -no quiso jubilarse en petrodólares- y apego a las raíces era una lección de vida para la prole. Un curso de alta formación sin precio de Máster, por lo que vale una camiseta. Mientras en otros grandes estadios se entonan cánticos racistas o se guarda, a menudo, un silencio sepulcral, de examen implacable, antes de dirigir una larga pitada hacia el propio equipo, las gradas del Tartiere se concentran en animar – no hubo un minuto que el campo dejara de rugir aquel 21 de junio de 2025 que empezó a la contra frente al Mirandés-. Pase lo que pase. Carbayones si perdemos, carbayones si ganamos. Por eso, de todas las estampas que dejó aquella noche mágica hay una que resume a la perfección el oviedismo: Santiago Cazorla subido al cuello de Diego Cervero. El bicampeón de Europa que regresó a casa para devolver a su equipo a Primera y el exjugador -hoy médico del club- que 21 años antes había salido a hombros y a lágrima viva del Tartiere después de quedarse a solo un gol del ascenso a lo que entonces era Segunda B en un playoff contra el Arteixo (localidad coruñesa de 35.000 habitantes) ante 25.000 espectadores. Soy oviedista desde que tengo uso de razón y mi padre decidió aprovechar esa circunstancia para hacerme inmediatamente del Oviedo. Es decir, no del club de la ciudad en la que vivíamos, que entonces era el Súper Dépor, ni de uno de esos escudos capaces de poner cifras mareantes sobre la mesa para llevarse a los mejores y conseguir todos los títulos, sino del equipo de su tierra. Otros niños se acostumbraron a ganar. Nosotros, a compartir: risas, lágrimas e identidad. El día que aprendimos a querer en la salud y en la enfermedad, a disfrutar y a sufrir con aquella camiseta azul, aprendimos, en realidad, a vivir. También supimos lo que vale y lo que cuesta esa virtud tan exótica: la lealtad. Siempre es difícil despedirse de un ídolo, sobre todo cuando, por todo lo expuesto, ese jugador trasciende al fútbol y lo admiramos, también, por cuestiones ajenas a lo que sucede en el campo. Pero es innegable que en la retirada de Cazorla hay elementos de amargura innecesaria, de deslealtad. Oírle decir: "Me veía todavía para jugar", después de haber escuchado tantas veces a la directiva del Oviedo asegurar que la decisión -de seguir o no- era "suya" es una puñalada. Él lo explicó con la forma que escogió para relacionarse con el mundo, una sonrisa a prueba de bombas, y esa elegancia de los currantes que saben ser agradecidos y que seguramente le inculcaron en su casa Loli, limpiadora en un colegio, y José Manuel, conductor de ambulancias. A mí, hoy, me cuesta mucho ser tan elegante como lo fue El Mago en esa charla a pie de campo en la que confesó, en medio de halagos al nuevo míster – "Va de frente"; "fue sincero conmigo y se lo agradezco..."- que le habían comunicado que no contaban con él. Es cierto que yo me dedico a otra cosa. A mí no me pagan por mis conocimientos sobre fútbol, y no dudo de que Julián Calero y la directiva del Oviedo saben más que yo. Pero he visto muchos partidos con aquel hombre que aprovechó mi uso de razón para establecer un vínculo inquebrantable y a mis 44 años ya acumulo cierta jurisprudencia como para poder decir que cuando Cazorla está en el campo, impone a los rivales y da seguridad a los nuestros; que sabe poner orden, con lo importante que es el orden en ese abismo de césped ocupado apenas por 22 hombres; y que no hay, a la vista, nadie mejor al balón parado -escojan ustedes la pierna que quieran-, es decir, en las faltas, córneres y penaltis, que es de donde a menudo salen los tres puntos de un partido. De modo que no es solo romanticismo. Había, en mi humilde opinión, motivos de sobra para haberle pedido al futbolista infinito un año más, una última temporada para convertir el descenso en un accidente, un paréntesis. Lo sabe la afición del público rival que se levantó a aplaudirle en cada estadio la pasada temporada. Lo sabe el actual alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, que, en 2012, junto a 36.961 personas de 86 países, respondió a un llamamiento en redes del periodista británico Sid Lowe que invocaba precisamente ese nombre para salvar al equipo de la desaparición: "El club que dio a la Premier League a Cazorla, Michu y Mata está bajo la amenaza de salir del negocio. Por favor, compre acciones. @sosrealoviedo" . Y lo sabemos, desde luego, los oviedistas. Lo inexplicable es que los únicos que no lo sepan sean los encargados de tomar las decisiones.
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